Resumen

En el mercado audiovisual, las pleitesías (supuestas pleitesías) hacia la demanda no tienen por qué conducir a la mejora del servicio. Ni tienen por qué conducir, ni habrá sido ése –siquiera- el incentivo que las propiciara. Ciertas retóricas populistas (dar al público cuanto pide; mimar a nuestro telespectador como merece) encubren otros propósitos, que no podrán pasarse por alto, si de educación y televisión hablamos. La importancia de este medio en relación a la educación, el conocimiento y la cultura democrática que prende en una sociedad, no resultan asociaciones insustanciales. Si la calidad de la democracia nos ocupa, desatender esos pilares televisivos y educacionales no parece la mejor de las estrategias. No se eludirá en esta comunicación la responsabilidad que compete a la oferta audiovisual, como no pasaremos por alto la responsabilidad de los actores políticos que, por acción o dejadez, muestran su oportunista complicidad.Sin embargo, sin dejar de lado estos resortes, convendrá también reparar sobre la demanda, cuya responsabilidad, a menudo, ha sido más ignorada. Conviene, sí, erradicar engañosas idealizaciones, incluida la idealización de esa mitificada audiencia. Al consumidor audiovisual le corresponde su parte de responsabilidad: tanto para el éxito o la consolidación de una iniciativa que juzguemos positiva, como para los fracasos o deterioros que pudieran suscitarse. Esta segunda asunción de responsabilidades suele caer en cierto olvido, puesto que un planteamiento interesado y clientelar, soslayaría las acusaciones no gratas hacia el telespectador. Así ocurre cuando es contemplado como mero público objetivo, destinatario del mensaje comercial que lucra las arcas de la oferta; o contemplado, a su vez, como electorado y caladero de votos, susceptible de ser llevado a un lado u otro del abanico partidista. Ciertamente, nada tan globalizadocomo la estupidez. Las multinacionales de lo simplón, lo inane y lo trivial disponen de franquicias por doquier; y el engranaje se retroalimenta con aportaciones varias. La oferta (mediática y política) no siempre estará dispuesta a modificar esa dinámica; y si la demanda responde con su aplauso, clientela no faltará en estas ingentes manufacturas del embotamiento. Factorías de irrealidad, sucursales de sumisión, así se muestran, en ocasiones, estas audiovisuales -y acaparadoras- industrias de la servidumbre. No frenarán su instrumental mientras la rentabilidad (crematística y electoral) se siga cosechando. Si se incentiva el desconocimiento, si se alimenta la incultura, se desarma al telespectador; y se maniata cualquier expectativa de que la demanda reclame y reivindique otra oferta (política y audiovisual) más cualificada y satisfactoria. Desde estas premisas, cobra sentido pensar en una de las amenazas contemporáneas que el periodismo padece: el condicionante clientelar, la presión de la audiencia. En los sistemas democráticos de nuestro tiempo, la rendición ante los públicos cobra mayor protagonismo que otros clásicos adversarios del ejercicio informativo (en tanto que en estos sistemas políticos, el asedio a la información y el conocimiento no podrá venir por la censura manifiesta ni el obsceno ocultamiento). Ese entregado sometimiento a los públicos constata la incidencia de la lógica publicitaria, sobre el devenir periodístico.

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Document information

Published on 30/09/05
Accepted on 30/09/05
Submitted on 30/09/05

Volume 13, Issue 2, 2005
DOI: 10.3916/25757
Licence: CC BY-NC-SA license

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