Reseña del libro de Daniel Cassany (2019). Laboratorio lector. Para entender la lectura. Barcelona: Anagrama. 209 pp., por Teresa-G. Sibón-Macarro.

Revisión reflexiva

En esta obra, Daniel Cassany nos ofrece unas sugestivas reflexiones sobre distintos aspectos de la lectura, comenzando su presentación con una cita del escritor y filósofo Miguel de Unamuno: “Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee” (p.9), y cerrando la obra en su epílogo con una elocuente cita del escritor Jorge Luis Borges en honor a un hecho constatable por todo ávido lector: “Nunca se termina de aprender a leer” (p.205). Su elenco de apartados parece ordenado por criterios de complejidad progresiva; y, en cada uno de los veinte apartados de esta obra, nos regala un pensamiento en boca de otros, quizás en coherencia con la construcción de intenciones que describe, –como alude más adelante– dentro del apartado “8. Intenciones” (pp.85-86).

El punto de partida de la obra responde a una lógica justificación de la palabra “laboratorio” en la línea de la acepción experimental afín a las investigaciones científicas, después de transcribir una referencia a su entrada o voz en el Diccionario de la Real Academia Español (DRAE). “Me lo imagino como una habitación grande, blanca, con mucha luz y llena de muebles particulares: neveras con muestras biológicas, cajones para guardar instrumental delicado, microscopios sofisticados para observar tejidos, mesas repletas de probetas, y científicos y becarios con bata blanca y guantes de silicona, trabajando en silencio, sentados en taburetes. (…) Y eso es exactamente este libro, excepto en dos detalles: que no trata de química ni de medicina y que no hay habitación.” (p.9) Con esta casi plástica metáfora, Daniel Cassany ha creado una atmósfera como situación comunicativa que mimetiza fácilmente con el hecho lector visto como una suma de pequeños detalles microscópicos que están ahí, esperando a ser descubiertos cuando las habilidades y la sensibilidad del lector le permita llegar. Es decir, nos invita a leer la obra con la humildad del que únicamente sabe que nada sabe, en perenne aprendizaje, y con la lozanía de unas habilidades impregnadas de experiencias en primera persona –en tanto que lector-, y en tercera persona o en primera del plural –en tanto que agente o mediador de dichas habilidades en espacios de aprendizaje–. No hay prisa; no debe haber prisas. De la mano con su texto, más adelante, descubrimos cómo se sirve de otra recurrente metáfora: “Una metáfora vieja de la lingüística dice que un escrito es como un iceberg, que oculta la mayor parte del hielo bajo la superficie. Las letras escritas son solo la parte visible del texto. Así, un escrito comunica mucha información, pero solo dice explícitamente una parte pequeña de la misma.” (p.41) Así es la lectura, así el reto de quien lee. Continúa con los ejercicios de entrenamiento que con una evidencia amable transcribe desde las primeras páginas de esta publicación, para ofrecer orientación o ayudas a los lectores –insiste más adelante el autor– para “tomar conciencia sobre la cantidad de hielo sumergido que ocultan los textos, (…)” (p.45) El autor te pide pericia y paciencia, para ello se sirve en su escritura de la cercana complicidad del tuteo, dando el tiempo que cada cual requiera para saborear cada evidencia, cada propuesta, cada cita, cada sugerencia a cuenta gotas. Esto nos lleva a comentar sus sugestivos “experimentos”.

Índice de experimentos

En consonancia con la metáfora del “laboratorio”, los ejercicios se han de llamar “experimentos”, y así ofrece hasta un total de 79, los cuales se pueden localizar por su título y página en un índice final (pp.207-209); sin embargo, quizás en previsión de la atemperada impaciencia del ‘investigador-buscador’, acompaña cada apartado con un espacio final para las “soluciones”. Y después de este punto, por si la curiosidad se mantuviera insaciable, el autor proporciona alguna que otra referencia bibliográfica como otra fuente de información complementaria. Los experimentos son propuestas muy interesantes, plurales, que no persiguen el acierto sino poner el reto en juego. Asimismo, responde al amplio perfil de receptores que leerán esta obra, a los que el autor quiere llegar con esta obra de sesgo recopilatorio y experiencial. Es más; en ocasiones, ofrece a sus lectores un guiño a la complicidad pues narra sus vivencias lectoras saboreando en voz propia su pálpito por lo descubierto, su gozo por aproximarse a meta en su Laboratorio lector, tan generosa y desinteresadamente compartido.

Si hubiera alguna duda sobre la eficacia de poner a prueba sus experimentos de esas ‘micras’ extraídas de diversos textos, aplastadas entre cristales bajo la lente del microscopio, Daniel Cassany ofrece un apartado para “14. Evaluar información” (pp. 141-150), con palabras del economista Ronald Coase “Si torturas los datos lo suficiente, al final confiesan” (p.141). Quienes somos asiduos visitantes de sus obras en papel, de sus coloquios en abierto o discursos en red, reconocemos las formas y los tiempos de estos experimentos. A veces, el hecho de experimentar se impregna de un elemento lúdico que permite a su receptor, “investigador o becario”, el comparar cómo nos fue la primera vez que ‘experimentamos’ con él, y cómo nos va ahora tras el paso de los años: ¿habré ‘torturado’ suficientemente los datos?, o ¿habré aportado las estrategias suficientes a mis aprendices para que vean en dicha invitación a la ‘tortura de los datos’ una herramienta de auto-aprendizaje? Nos ayuda, sin duda, a refrescar nuestra memoria de los años, de los saberes, de las experiencias, permaneciendo inmersión en las entrelíneas de los textos.

Refrescar memoria

La proyección de una jugosa y sugerente selección de fragmentos sobre lectura y escritura en el aula de desarrollo de habilidades comunicativas orales y escritas es un regalo: recurso indirecto –si cabe la expresión– que permite recobrar el sosiego para continuar con el hilo de la clase tras una jugosa reflexión o tarea. Daniel Cassany, –en ocasiones, con Marta Luna y Gloria Sanz, por ser manual de cabecera para esta la disciplina–, virtualmente participó en las clases, conjugando texto oral, texto escrito, texto visual (en combinación de los precedentes: auditivo con subtítulos, y con las consiguientes pausas de reflexión necesarias). De este modo, no solo compartimos la suerte de tener varias personas invitadas en las aulas, –eruditas y comunicativas–, sino también compartíamos el hecho de descubrir el peso específico de los textos audiovisuales en espacios virtuales de aprendizaje en la red. Conforme se avanzaba en la lectura de Laboratorio lector, –cierto es–, es fácil identificar las otras ocasiones en las que el autor había aludido a dichas observaciones, sus invitaciones a la reflexión, sus conclusiones abiertas “en la nube” (p.75). Este hecho invita a inferir al lector de esta obra las imbricaciones de los tiempos de maduración del acto comunicativo escrito que activa Daniel Cassany por esa inherente pasión por la lectura y la escritura. Es una obviedad que necesitamos recordar: nunca dejamos de aprender; por eso, ese volver o revolver en ‘experimentos’ no es un retroceder, sino un tomar ese impulso necesario para avanzar en el conocimiento de la lengua y sus literaturas. No pocas alusiones percibimos en este “laboratorio” que, siendo comúnmente aceptadas, a veces caen en el olvido, incluso desde las buenas prácticas para el desarrollo de habilidades comunicativas escritas: “He buscado autores y tipos de texto diferentes para demostrar que, además del contenido, también es importante el contexto. [Y en la línea de ejemplos del apartado “7. Ideas principales”, concreta:] Los autores son: un comensal de un restaurante que hace su crítica (1), un artista (2), un antropólogo (3), un empresario del sector (4) y un químico en un informe ecológico (5). Los textos también se han publicado en lugares diversos. Los textos también se han publicado en lugares diversos: en una tribuna pública, diarios generalistas o revistas científicas. Los géneros discursivos también varían: foro digital, noticias, entrevista, informe académico. Toda esta información, que es esencial para comprender un texto, no forma parte de las ideas principales.” (p.73) Lo más interesante a este respecto es que, para cuando llegamos a este punto, ya nos ha llevado por reflexiones sobre ese “leer para entender” (pp. 11-20), esos mecanismos oculares del lector, sus automatismos (pp. 31-40) y estrategias (pp. 59-67), contando con esas otras percepciones del quehacer en un Laboratorio lector que contribuyen a aproximarse al “hielo sumergido”, o al “doble clic” (pp.41-58). Se diría que cierra esa posible primera parte de su obra, para lograr que los ‘motores’ estén bien engranados y engrasados, y así abordar aspectos de calado más subjetivo que plantea del apartado 8 al 16, por cuyos vericuetos se intercalan aspectos sobre las intenciones del autor –singular o colectivo–, la crítica o el control para controlar las inferencias, la puesta a punto de las herramientas lingüísticas para evaluar la información. Asimismo, cierra lo que pudiera definirse como una segunda parte con los apartados siguientes hasta el epílogo, en los cuales conjuga los retos de cualquier ávido lector dentro de este singular “laboratorio”, invitando a dar una pensada más madura aún, a través de las fuentes, los formatos, los poderes editoriales, las interferencias de las políticas lingüísticas, o el tergiversar manipulador de las falacias.

Sugerente invitación, el mundo de la escritura desde la “prosumidores”.

En esta línea, es muy probable que se nos vengan a la mente otras metáforas recurrentes en los escritos y discursos de Daniel Cassany, y de sus fuentes, a propósito de la ineludible relación entre lectura y escritura. Posiblemente, la escritura en la red cobra singulares matices, en ‘clave de cromacidad’ o de ‘tintes de laboratorio’, desde esas pinceladas del saber hacer comunicativo del hombre y su lenguaje, y sus subterfugios y triquiñuelas. Rescata varias propuestas descritas en otros espacios de aprendizaje; por ejemplo: aquel ejercicio que aplicaron a unos jóvenes proponiéndoles elegir entre tres webs para obtener información sobre las drogas. La hipótesis de punto de partida sobre lo que escogerán no se confirma, pues ellos se decantan por las otras dos y obvian la prevista, alegando –desde su percepción– su fiabilidad y lo asequible de la consulta.

Trae al “laboratorio lector” esa otra propuesta, tan recurrente, de hacer una búsqueda de un concepto en la Wikipedia, y contrastar la información con las versiones de ese concepto en otros países. En esta obra, propone “kilopondio” o “hipoteca inversa” (en otras intervenciones, por ejemplo, sugirió buscar “corrida de toros” en español o en inglés). En este mismo tipo de actividades, el autor invita a buscar la entrada de una escritora o un escritor; a veces, cierto es, encontramos distintas versiones de la traducción de algún poema o un fragmento de novela: “Dedica algo de tiempo a explorar la Wikipedia desde este punto de vista. Busca las entradas de varios poetas que escriban en español y fíjate en el número de idiomas en los que tienen entrada. ¿Cuál tiene más? ¿En cuántas lenguas? ¿Quién es el más popular?” (p.163) A continuación, sugiere a la persona lectora de su obra a contrastar los hallazgos con los que él aporta en el epígrafe “Soluciones”, como propuestas abiertas que son y no como modelos cerrados. Pero antes de concluir este apartado, sugiere contrastar entradas o voces mediando algunos años entre cada referencia; también resulta muy sugerente (en esta obra, sus propuestas son “homeopatía”, “veganismo”). En la línea de estas reflexiones, y dentro de este mismo “laboratorio”, es posible aplicar el juego con “citas” “plagio” “voz personal” o “traducir es traicionar”. La baraja cuenta con todas las cartas: queda abierta.

Una sonrisa contenida despierta la percepción de Daniel Cassany sobre los “memes virales”, que de suyo se sustentan en un humorismo burlón o satírico, a veces con toques ridículos o irónicos; el autor los equipara a los chistes. Con ese uso del tuteo, Daniel Cassany sugiere que se busquen curiosidades sobre los memes en la red, con el fin de descubrir su singular idiosincrasia; indirectamente, acaba de proponer una nueva actividad, eso sí: impregnada de un sustrato jocoso: “Si te fijas, reenviar memes es parecido a contarse chistes. Si un día unos amigos te cuentan un chiste gracioso, lo cuentas después a otros amigos sin decir nunca quién te lo contó. Nadie pregunta de quién es un chiste. No importa. Sencillamente, es anónimo; es de todos; lo compartimos” (p.192) La propuesta de lectura descubre que lo efímero de este tipo de textos es directamente proporcional a su difusión; llegará otro que solapará a este, y así sucesivamente.

Laboratorio lector en «open house»

“La lectura provoca sensaciones particulares” subraya el autor; efectivamente, su obra se presta a ser un buen matraz o, mejor aún, alambique. Los hábitos lectores se consolidan al ritmo de lo gratificante que resulte leer. En esta línea, la declaración de intenciones del autor con su obra se asienta con su cita del novelista francés Daniel Pennac y sus “derechos imprescindibles del lector”, redactados a modo de decálogo. En lógica consecuencia con los contenidos barajados en esta publicación, cualquiera que se aproxime a la obra, conociendo la trayectoria de Daniel Cassany, recibirá mucha más información que quien haya abordado sus escritos recientemente. Como se apuntaba antes, el amplio perfil de lectores al que se dirige esta obra tomará de estos contenidos según su propia preparación, culminando el grado de satisfacción en su lectura cada vez que acceda al texto (y más si lo pone por obra). Lo previsible es, con toda certeza, que la volverá a leer. Gracias al formato, es factible volver y revolver para volver a volver, y tomar ese impulso que se requiere para avanzar. La comunidad letrada recibe esta obra con gratitud, convencida de que “Leer resulta fundamental y saber leer es una capacidad imprescindible y reconocida.” (p.205) Ha resultado muy divertida su lectura, con una voz siempre cercana, arropada en una atmósfera que permite respirar en un oxigenado aprendizaje abierto, sugerente y más que estimulante desde todos los puntos de vista de quien lee con mucho gusto.

*Teresa-G. Sibón-Macarro es Profesora Titular de Universidad en la Facultad de Educación de la Universidad de Cádiz (España), (https://directorio.uca.es/cau/directorio.do?persona=10902) y coordinadora del Centro de Escritura-UCA (https://centrodeescritura.uca.es/). Doctora en Filología (1993) y en Ciencias de la Educación (2001). Miembro activo de grupos de investigación y de Redes Internacionales comprometidas con la docencia e investigación sobre lectura, escritura, y lengua de signos española. Ha participado en varios proyectos financiados en convocatorias nacionales e internacionales desde 1991. Las principales líneas de investigación versan, por un lado, sobre desarrollo de habilidades comunicativas desde la enseñanza/ aprendizaje del español como lengua materna, como lengua extranjera, y español para fines específicos (personas sordas, https://www.cnlse.es/es/research/research-staff/sibón-macarro-teresa-g ); por otro, sobre diseño de espacios de aprendizaje colaborativo y las Apps en la creación de recursos didácticos alternativos (https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=164399).

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Published on 07/10/21
Accepted on 07/10/21
Submitted on 07/10/21

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