Abstract: in respect to occupational burnout produced by uncertain and demanding job situations, less opportunities for living a worthy way and also those directly related with the school's context, personal and teaching arises the need to prevent this problematic; there are several ways and alternatives to accompany the teacher, so for now, in the present reflection there is a triad of attitudes that can help: recovery of hope, quality of interpersonal relationships and personal congruence. The previous intend to generate a close up to a rediscovery of the vocation and the full experience of it, in recovering the daily experience, reframe the teaching of the teacher and avoiding its fatigue.

Key words: vocation; professional burnout; teaching; accompaniment.

Introducción

La profesión del docente contiene una tradición histórica y social que permite la transmisión de la cultura a cada generación. En palabras de Savater (1998), la educación es un acto coercitivo –puesto que no es solicitada por el individuo en un principio- y, no obstante, es a través de la coerción que se puede llegar a ser libre; un actor clave en la construcción de dicha libertad es el maestro, por ello, es necesario comprender tal profesión desde su origen. También, es oportuno precisar los términos instructor, profesor, pedagogo y docente.

Según la Real Academia Española (2017), instructor es aquel que instruye. Asimismo, instruir es enseñar, adoctrinar. Es un acto que comunica ideas o conocimientos, por lo tanto, instructor es el que enseña, comunicando conceptos o conocimiento. Etimológicamente, se compone por el prefijo in, ir hacia adentro y struere, juntar, alude la posibilidad ir al interior de algo y recopilar; en otro sentido, profesor es una persona que enseña una ciencia o arte, su raíz es “el que profesa algo” y profesar es el acto de hablar en público. Uniendo tanto su significado como su etimología, el maestro es aquel que habla en público, para enseñar algo. Pedagogo, por otra parte, tiene su origen griego en paido, niño y ago, “yo conduzco”. En sus orígenes, el pedagogo era un fámulo quien conducía al menor hacia el maestro, para que éste le enseñara. Finalmente, docente es quien enseña: su raíz es latina es docere, del mismo significado. El docente es aquel que enseña, generalmente lo que producen –conocimientos, habilidades e incluso valores- otros. Se diferencia del doctor, puesto que no requiere producir conocimientos, sino transmitir, reproducir u opinar. Puede ser llamado maestro, pues un maestro es aquel que evidencia maestría, conocimiento profundo en algo; debido a esto, el docente y el maestro pueden ser sinónimos, al enseñar una materia de la que relativamente tiene dominio sobre ella. Toda vez delimitado el significado de docente, se procede a abordar sus implicaciones en la educación.

La enseñanza formal ha sido paralela a la construcción de la escritura y como vehículo de la educación en múltiples culturas. En las sociedades orientales, parte de la instrucción educativa estaba parcialmente encargada a los escribas, quienes transmitían las tradiciones de manera gráfica; la educación del escriba se encontraba contrapuesta a la educación de los guerreros. Los primeros poseían una característica estática, de conservación, llegando a ser, inclusive, involutiva; por otra parte, la formación guerrera era más dinámica, desarrollada y expansiva. Ambos tipos de educación se encontraban presentes en la sociedad, no obstante, se privilegiaba el adiestramiento de los guerreros; en Roma y Grecia se comenzó a educar para la ciudadanía, dividida en la educación para la clase noble y para el pueblo (Abbagnano y Visalberghi, 1992).

De forma similar, la educación de los pueblos orientales se encontraba encaminada a transmitir los valores culturales, morales y éticos de cada sociedad. De hecho, siempre estuvo a cargo del maestro, un hombre versado en algún tema, quien llevaba dicha responsabilidad. Por citar un caso, en el pueblo judío, siglos antes del cristianismo, la formación estaba subordinada a los profetas: hombres enviados por Dios cuya finalidad, entre otras, era enseñar el deseo divino para la convivencia en su sociedad teocrática. El hebreo empleaba la palabra rabí, que significaba “mi grande”, reconociendo la preponderancia de dicha labor.

Al día de hoy, en el ámbito global, como telón de fondo la posmodernidad y la influencia de la globalización, se encuentra el educador en un mundo complejo, desafiante, poco estable y con escasa certeza de un trabajo que, de manera regular, pueda brindar una seguridad laboral y profesional. Asimismo, los docentes de países en vías de desarrollo perciben salarios bajos –como la gran mayoría de las demás profesiones- y se ven obligados a competir por obtener una segunda plaza o empleo que les permita acceder a un nivel digno de vida. Los constantes cambios de trabajo, por las razones antes mencionadas, forman parte de la cotidianeidad de éstos. En las regiones de América Latina, África, Asia y el Pacífico se encuentra cada vez con mayor frecuencia la dificultad en la situación contractual de los docentes de escuelas privadas frente a las públicas, ya que éstas cuentan con una cierta protección colectiva y las primeras no. Es un hecho que la privatización de la educación en dicha región ha generado desigualdad en las condiciones contractuales y una consiguiente pérdida de seguridad en el empleo de los profesores, celebrándose, en su mayoría, contratos por un corto periodo de tiempo. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2015), estas son algunas de las dificultades que encuentran muchos docentes en una gran cantidad de países en el mundo:

  • Deterioro en las condiciones de trabajo, con escenarios precarios para el desempeño laboral
  • Aumento en la rotación docente
  • Desigualdad de las circunstancias de trabajo según los distintos niveles educativos
  • Inequidad de la remuneración en las mujeres profesoras
  • Disminución de posibilidades de desarrollo profesional de los maestros
  • Vinculación a ascenso profesional sólo tomando en consideración la evaluación realizada por los estudiantes y no contemplando otros indicadores
  • Debilitamiento de los sindicatos de profesores
  • Poca formación profesional
  • Escaso tiempo de compartir espacios de diálogo entre colegas
  • Baja posibilidad para presentar apoyo a los estudiantes y comunicación con padres de familia
  • El personal necesita trabajar adicionalmente en otras actividades debido a los bajos salarios y prestaciones
  • Las políticas encaminadas a aumentar la escolarización han propiciado escasez de maestros en algunos países.

Con respecto a las repercusiones del uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en la práctica educativa, han provocado que las instituciones educativas muestren un deseo de adaptarse ante tal influencia, aunque no se ha logrado una verdadera inserción de tales herramientas con un pertinente e intencionado uso de dicho recurso. De forma adjunta, el desarrollo de las TIC ha promovido un aumento de la brecha digital entre zonas; a partir de ello, la labor docente se ha visto diversificada y encaminada a la colaboración del profesor con ingenieros digitales, programadores y diseñadores instruccionales, con el propósito de dar respuesta a las nuevas necesidades surgidas.

Otro desafío presente en la educación es la masificación de la oferta educativa, sobre todo en el nivel superior. La mayoría de las instituciones particulares tienden a prestar más atención a los requerimientos del mercado que a los propios fines educativos; existe mayor competencia entre escuelas de educación superior, aumento en la movilidad tanto de estudiantes como de docentes y el nombramiento temporal de estos últimos, lo que impide el acceso a un empleo estable. El panorama señalado no precisa un crecimiento en la calidad educativa, a veces, sólo es evaluada por estándares internacionales, que, si bien son necesarios, se requiere del acompañamiento de otros indicadores –coevaluaciones, autoevaluaciones, evaluación de área directiva, entre otros- que coadyuven a la mejora en dicho rubro (Santiago, 2016). Aunado a esto, queda patente la necesidad de una verdadera profesionalización docente y un incentivo a las actividades de investigación, cuyo fin sea la retención del personal con un nivel de excelencia, que impida la “fuga de cerebros”.

A nivel nacional, según las características situacionales ya señaladas, se suma lo propio. El profesor mexicano se halla invariablemente influenciado por su cultura, por un escaso trabajo en equipo y una mentalidad individualista, en la que se ve “legítimo” que la persona sobresalga, a pesar de los intereses colectivos. En lo educativo, el país se encuentra por debajo de los estándares mínimos para considerar a su educación de calidad. La inversión y los recursos destinados a dicho fin no son adecuadamente destinados: la educación pública aún muestra carencias serias en nivel medio superior y superior, pobre inversión a la ciencia y tecnología, el sector privado ha mostrado un aumento significativo de oferta educativa en los últimos años, a pesar de que esto no indica necesariamente que exista un desarrollo en la calidad educativa. En educación básica, en el ámbito privado se observan mejores resultados de logro académico que en el público, aunque en nivel superior la relación se invierte. Según las distintas reformas educativas, se pretende profesionalizar y evaluar de manera más exigente a los docentes (Amador, 2009), no obstante, no ataca el problema de raíz puesto que, en esencia, lo que dicta esa reforma es restar poder a un sindicato que controlaba la inclusión y permanencia en el magisterio de los profesores, pero no hay una verdadera transformación sistémica. La evaluación al docente no pretende su profesionalización y crecimiento, es más bien una auditoría que le permita acceder, mantenerse o ser rechazado del sistema. El educador se encuentra condicionado por su entorno y debe dar respuesta a ello por exigencia y, a la vez, por vocación.

Desarrollo

Entre las principales implicaciones de la concepción de vocación, ésta se puede vincular con los valores y compromiso del profesor que evitan su desgaste (Jennett, Harris y Mesibov, 2003), particularmente se incentiva la satisfacción con su trabajo. A propósito de la satisfacción con el trabajo, Platsidou (2010) señala que el fenómeno del burnout es evitable, siempre y cuando exista un adecuado entrenamiento –insuficiente hasta la fecha, como se ha abordado- y el acompañamiento en la resignificación de su vocación puede ser una herramienta eficaz que haga frente no sólo a dicho desgaste, sino que permita la mejor adaptación del maestro a su entorno, cada vez mas desafiante y dinámico (Torres, 2018a).

El desgaste en el trabajo se encuentra ligado, aproximadamente, al 10% de la población docente (El Sahili, 2015), por lo que se vuelve necesario considerar las implicaciones que propician tal fenómeno, como pueden ser la excesiva carga laboral, el trabajo con grupos extensos (Arias y Jiménez, 2013), con alguna necesidad educativa específica (Pena y Extremera, 2012), trabajar en nivel secundaria (Aldrete, González y Preciado, 2008; Napioné, 2008; Antoniou, Ploumpi y Ntalla, 2013); también, por otra parte, hay condiciones propias del docente, entre ellas atribuibles a los años en el servicio docente (Tsigilis, Zournatzi y Koustelios, 2011), el género (León, León y Cantero, 2013), poseer pobres competencias socioemocionales (Torres, 2019b) y otras disposiciones de personalidad (Judge y Bono, 2001). Lo antedicho, sin pretender ser exhaustivo, puede conducir al maestro a ausentarse en su trabajo (Benevides-Pereira, 2002), mostrar actitudes hostiles hacia los estudiantes o a la comunidad educativa en general (Yusuf, Olufunke y Valentine, 2015), presentar diversas enfermedades psicosomáticas asociadas al estrés (Cascio, Magnano, Elastico, Costantino, Zapparrata y Battiato, 2014) e, incluso, al abandono mismo de la profesión (Benevides-Pereira y Bocatto, 2011). Este trastocamiento de la persona fue descubierto alrededor de cuarenta años atrás y se compone de agotamiento emocional, despersonalización o cinismo y baja sensación de logro (Maslach y Jackson, 1981).

El burnout es multifactorial y no hay “recetas” para evitar contraerlo, aunque existen programas que, probada eficacia, ayudan a aquellos profesores que han padecido dicho trastorno y coadyuvan en la resignificación de la vocación como un elemento que puede servir como un soporte en la configuración de la tarea cotidiana de los educadores. La reflexión en torno a la consciencia de la vocación docente, como una herramienta que combate el desgaste profesional, es la propuesta principal del presente trabajo.

Actualmente, se discute si el ser maestro es una vocación o sólo una profesión más; se dice que el nivel de probabilidad de fracaso estriba en que se viva esta actividad, no sólo desde el ámbito de la profesión, sino a partir de la vocación, por ello, una persona exitosa en la docencia, necesariamente se le señala que es “su vocación” (Gichure, 1995). Asimismo, el sujeto que se dedica a la docencia como respuesta a un llamado tiende con el tiempo a seguir sosteniendo su afirmación; la actividad docente es, pues, una profesión con vocación, al estar supeditada a una inclinación predefinida desde antes de ejercerla. Más aún, el individuo que considera a la docencia una vocación, tiende a mantener una conducta más íntegra, ética y profesional en su quehacer diario (Larrosa, 2010). Tres actitudes fundamentales pueden envolver y fortalecer a la vocación docente: la esperanza, la calidad en las relaciones interpersonales y la congruencia personal. Antes de pasar a abordar dichas actitudes, es necesario profundizar en la vocación y sus alcances.

Vocación proviene del latín vocatio, y ōnis, que significa acción de llamar (Real Academia Española, 2019). Se define como una inclinación a una profesión u ocupación que, de manera estable, una persona lleva a cabo, o bien, se siente llamada. Otros vocablos pueden ayudar a comprenderla: convocar, cuyo sinónimo es citar, una cita o una llamada hace referencia a un proceso de comunicación o, al menos, una parte de ella; invocar, que implica también un llamamiento y, por último, provocar, indicador de causativo. Es válido afirmar que la vocación en la docencia alude dos dimensiones: la de la persona del docente y otra, que puede ser la sociedad, una profesión, la vida o algún ente, que según la perspectiva del que se siente llamado, le atribuye tal cita. Dicha afirmación es potencialmente imputable a un sistema de relaciones, mismas que el profesor hace consciente y les provee significados particulares, que van desde un simple acatamiento o cumplimiento de “deberes” hasta un verdadero compromiso ético que potencia y vitaliza la experiencia humana, no sólo la propia sino la de los destinatarios de su quehacer cotidiano.

La concepción de la vocación del docente es una construcción dinámica y obedece a un proceso que se genera a lo largo de la vida y trayectoria del educador, desde sus etapas iniciales, como en las escuelas normales o primeros años del ejercicio profesional (Lang, 2010), consolidarse en la labor y culminar con la madurez y eventual retiro de la persona que ha dedicado su vida a dicha tarea. Sea cual fuere la etapa y edad del profesor, si era o no su intención inicial ser docente (Cárdenas y Santos, 2016), la reflexión en torno a su vocación es pertinente, siempre y cuando se acompañe de una honesta revisión de su actuar, pensar y “escucha” de los acontecimientos, vicisitudes y actores que se relacionan con éste para poder asignarles un significado a cada dimensión del complejo entramado de la educación y la experiencia humana sumergida en ella. En virtud de lo anterior, se procede a elaborar la propuesta de este ensayo: la esperanza, la calidad en las relaciones interpersonales y la congruencia personal como elementos que ayudan la resignificación de la vocación docente y, a su vez, factores que pueden disminuir o, en el mejor de los casos, evitar el burnout del maestro.

En primera instancia, se analiza la esperanza. Una de las “enfermedades” más recurrentes, no sólo en los profesionales que atienden a las personas –que eso sería por sí solo un tema de reflexión-, sino presente cada vez más en seres humanos es la desesperanza. Esta condición no es per se una problemática, se debe mirar más allá; normalmente, viene acompañada de una falta de aliento, un desánimo y, de manera más nociva aún, de la depresión. Dicha enfermedad también se encuentra correlacionada con el desgaste laboral (Bermejo y Prieto, 2005) aunque no necesariamente puede fungir como una variable predictora o dependiente del mismo; de hecho, uno de los síntomas que más refieren las personas que sufren depresión es la desesperanza, conceptualizada como la pérdida de la certeza de alcanzar lo que se desea. Dicho en otras palabras, es una alteración del estado de ánimo caracterizada por una sensación de que “no cambiarán las cosas” o “el futuro no es prometedor o favorable” (Toro, Grajales y Sarmiento, 2016).

Con base en lo anterior, no se pretende brindar una sugerencia de prescindir del apoyo profesional –en el caso de que la persona así lo requiera-, lo que se puede abordar es la búsqueda activa de la esperanza, no como un alivio de las dolencias, más bien, una manera de rescatar aquellas experiencias positivas en la vida personal y laboral del maestro, colocarlas en perspectiva del presente y que, de acuerdo con dicho momento, fortalezca la sensación de debilidad psicológica y, paralelamente, moral y ética. Uno de los componentes de la desesperanza estriba en la incapacidad de mirar más allá de la situación y considerar, a nivel cognoscitivo, que el presente es una extensión del pasado y del futuro, hecho que no es verdad; es cierto que el futuro depende de la construcción del presente, sin embargo, el pensar y sentir “fuera de tiempo” es un elemento que enferma a la persona, ya que si se concentra en el pasado o en el futuro le impide poder vivir en plenitud su presente, lo único que posee y de lo que es capaz de transformar. Se vuelve, entonces, imprescindible que se induzca al maestro a recuperar las experiencias en un entorno vital para que pueda rescatar –si ha perdido- la esperanza y se enfoque sólo en el presente, que tanto el futuro como el pasado se hallan fuera de sí. Si se considera que el agotamiento emocional es una baja de energía y disminuido estado de ánimo en general, la esperanza puede ser un antídoto “natural” que auxilie al profesional de la educación.

El segundo componente que se propone es la promoción de la calidad en las relaciones interpersonales del docente. Es común encontrar casos en los que los docentes se muestran reticentes a compartir sus experiencias y a trabajar de manera colaborativa (Cabezas, Casillas y Martín, 2016), lo que puede desembocar en un aislamiento que coloque al profesor en un riesgo de padecer la despersonalización –entendida como la presencia de conductas cínicas o indolentes hacia los demás-, además de la limitación en el logro educativo de la comunidad educativa en general. No se pretende afirmar que basta sólo relacionarse con los demás, sino aprender a vincularse; el vínculo, sustentado en una comunicación abierta y sin prejuicios (Michel y Chávez, 2002) puede ayudar a la persona a sanar y establecer patrones de comportamiento más funcionales, con un alcance personal, profesional o familiar. Expresado en otros términos: no se puede alcanzar un sistema de relaciones eficiente si el individuo no aprende a reconocer lo que sucede en su vida afectiva y es capaz de salir de sí mismo, ya que, si se sigue la etimología de existencia, ex insinúa una salida; por lo tanto, una persona que no sale de sí, poco puede humanizarse plenamente.

A partir de lo anterior, si la persona del docente reconoce que es un ser-en-relación, con todas las implicaciones que conlleva, es competente para ejercer de una mejor manera su labor, tan exigente a nivel cognoscitivo y psicológico (Torres, 2019) y podrá ser menos susceptible a padecer desgaste en su trabajo. Todo es un aprendizaje, la persona más abierta a integrar nuevas experiencias se vuelve más resiliente y creativa (Cyrulnik, 2014); la creatividad es una capacidad que únicamente se encuentra presente en el ser humano para añadir elementos a la realidad, en vistas de generar distintas soluciones y alternativas a los desafíos cotidianos.

Finalmente, la tercera propuesta es la congruencia personal. Dicha habilidad introducida por Rogers (2000) para un terapeuta puede extrapolarse a la figura del docente. Congruencia, sinónimo de coherencia, es la concomitancia entre lo que el individuo siente, piensa y realiza; es una habilidad y, a la vez, un valor del cual se pueden encontrar innumerables beneficios, como la autenticidad, la transparencia y la certeza de vida. Tal capacidad no exenta de ninguna manera los errores –inevitables en la condición humana-, más bien, los acepta y los integra como parte de una construcción en constante dinamismo. El docente que es percibido como congruente en su manera de actuar y pensar obtiene, casi mágicamente, el respeto de sus pupilos, ya que se muestra sinceramente tal como es. Ante un mundo en el que, según Bauman (2005), las relaciones humanas parecen ser líquidas, la congruencia en el proceder es una roca que puede brindar estabilidad al docente y a quienes se encuentran a su alrededor. La propuesta concreta en torno a esta actitud puede ayudar a la esperanza –como componente cognoscitivo- y a las relaciones interpersonales –componente conductual de la actitud- a fungir como soporte y puente entre ambas actitudes.

Conclusiones

Para concluir, la congruencia es importante ya que, como se mencionó anteriormente, un “verdadero” profesor es aquel que enseña lo que profesa, es decir, que defiende y hace público de cierta manera lo que cree; por ello, es factible considerar que la congruencia puede darle estabilidad y fuerza a la esperanza y a las interacciones que posee el maestro, sea cual fuese el nivel educativo en el que se desempeñe. Reuniendo estas tres actitudes –la esperanza, la calidad en las relaciones interpersonales y la congruencia personal- es posible que el docente “re-descubra” su vocación, se convierta en un auténtico educador, porque él mismo se halla en constante educación y esto permea inevitablemente en sus educandos. La educación, como señala Freire (1989) posibilita la libertad, tan necesaria en la vida humana y, debido a ello, el docente debe ser el primero, no en alcanzarla, sino en buscarla.

Obras consultadas

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Reseña del autor

Edgar Fabián Torres Hernández es licenciado en psicología, maestro en desarrollo docente, especialista en docencia para la multimodalidad educativa por la Universidad de Guanajuato. Es doctor en pedagogía por parte del Colegio de Estudios de Postgrado del Bajío y actualmente realiza el posdoctorado en Metodología de la Investigación Científica, Socioformación y Desarrollo Humano en el centro universitario CIFE. Se encuentra interesado en estudiar la persona del docente y su desarrollo humano mediante la investigación del burnout y su relación con la vocación.

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Published on 07/10/21
Accepted on 07/10/21
Submitted on 07/10/21

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